La permisividad, la falta de autoridad y la ambición de victorias a toda costa por parte de los clubes pueden tener consecuencias dramáticas. Cuando eso ocurre, ya es tarde para culpar a los padres.

Llegan noticias de vandalismo en los campos de fútbol y uno se pregunta si también en su club puede ocurrir que unos padres salgan al campo a darse entre ellos. Lamentablemente lo que se lee y se ve en los medios es de alarma social. Pero sólo a corto plazo. Pasa el tiempo y las cosas vuelven a su sitio, como si no hubiera ocurrido nada.

Pocos se preocupan por evitar que la misma situación desastrosa se vuelva a producir. Pocos se dan cuenta de que existen soluciones. Quizá precisamente porque las soluciones para acabar con la violencia en el fútbol empiezan por uno mismo. Por los propios jugadores, que a menudo critican a sus compañeros lanzando auténticos dardos envenenados y creando división en el equipo; por los entrenadores, que anteponen el resultado a todo lo demás; por los padres, que presionan a sus hijos y acaban despojándoles de su personalidad; y, sobre todo, por los clubes, los auténticos responsables de que aún existan episodios de violencia en el fútbol base.

Un sólo día en un campo cualquiera de cualquier ciudad es suficiente para darse cuenta de cómo estos factores influyen negativamente en el deporte y acaban abonando un terreno fértil para la violencia.

La cruz de los porteros

Un portero de 12 años acaba de jugar su segundo partido de liga. Llevaba tiempo esperando que la Federación le diera el permiso para poderlo hacer y tenía muchas ganas de competir. Desde el comienzo de la temporada había estado entrenando mucho y muy bien, pero cuando llegaba el fin de semana veía cómo sus compañeros disfrutaban de lo más atractivo del fútbol, el partido, mientras él se quedaba en la banda contemplándolos.

Marcos es un portero tranquilo. No muestra su nerviosismo externamente. Todo lo lleva por dentro. En una falta en contra organiza la barrera con seguridad y se dispone a detener el lanzamiento del equipo rival. Por desgracia, se coloca mal y el delantero ve claramente que hay un hueco dónde puede colocar el balón sin problemas. Y así lo hace, ante los comentarios de desesperación de los compañeros de Marcos, que ven cómo se les escapa la liga.

Al portero se le notan mucho más los errores con respecto al resto de jugadores. Sus fallos son goles. En cambio, el jugador de campo puede permitirse fallar con más frecuencia. Sus errores casi nunca traen consecuencias tan nefastas como el error de Marcos.

Se trata, sin embargo, de fallos muy habituales para un guardameta. Tanto que esa misma mañana otro portero de una categoría diferente recibe un pase de su defensa y, ante la presión del delantero, se pone nervioso perdiendo el balón y encajando el único gol del partido. Su equipo está jugando de cine. Domina al rival manejando el balón con toques cortos y precisos. Hacía tiempo que no se veía un equipo jugando tan bien. Sin embargo, un único error del portero es suficiente para perder el partido.

En su banquillo se oyen comentarios muy duros por parte de sus compañeros. El guardameta cae al suelo tras encajar el tanto y tienen que asistirle. El partido queda parado un buen tiempo y desde el banquillo se oye: “¡Cada partido comete un error parecido! Ya está, siempre con el cuento de que está lesionado…”

Comentarios que sobran y que es muy duro oír de tus propios compañeros. Pocos minutos antes un jugador cometía un error en un pase y desde el otro lado del campo se oía un grito de ánimo de su delantero para demostrarle su solidaridad. Sin embargo, con el portero no existe perdón ni comprensión.

Ser guardameta es muy duro ya de por sí. El resto del equipo debería ser más comprensivo. Actitudes de este tipo entre los chicos son constantes en el deporte y fuera de él, y hay que atajarlas, porque las consecuencias pueden ser nefastas, ya que lo que producen es una desunión entre los propios jugadores del equipo. Toda crítica tiene que ser constructiva y no se debería permitir ninguna a un compañero sin estar él mismo presente.

El entrenador gritón

El equipo de Marcos pierde el partido, pero sale satisfecho por el juego realizado. A esta edad, cuando juegas bien te diviertes y disfrutas independientemente del resultado. Te das cuenta de que cada partido bien jugado es un escalón en tu aprendizaje y, aunque te sabe mal la derrota, te llevas algo dentro de ti que es más importante y valioso que la victoria.

La sensación de los ganadores es distinta. Sienten alegría por haberlo conseguido, pero a la vez decepción porque el otro equipo es el único que ha jugado al fútbol de verdad. Los ganadores luchan por el primer puesto de la liga. Son todos de gran estatura y tienen mucho ímpetu. Lanzan balones al delantero para que meta goles. Es lo fácil, cuando lo único que buscas es ganar.

Los perdedores, en cambio, son más pequeños y dominan la técnica. Buscan siempre construir el juego desde atrás y van tocando hasta encontrar un hueco en la portería contraria. Son dos filosofías muy diferentes. Por un lado, ganar a toda costa. Por el otro, procurar formar a los jugadores. ¿Qué es lo que buscamos con el fútbol? Todos deseamos la victoria, pero la diferencia está en cómo la buscamos.

Durante el partido, los berridos del entrenador del equipo ganador se oían hasta en Estambul. Daba miedo permanecer en el campo, porque el míster era tan agresivo y violento que los jugadores muchas veces se bloqueaban. No se le escuchaba ni una sola palabra de ánimo hacia sus futbolistas. Les dirigía mediante amenazas. No perdonaba ni una. Al árbitro lo tenía frito desde el comienzo. Lo protestaba todo, con una completa falta de respeto. Es un modelo que algunos importantes entrenadores de primer nivel han puesto de moda y que ahora se está imponiendo también en el futbol formativo. Miles de jóvenes técnicos imitan esa actitud chulesca y despectiva donde todo vale y se justifica con tal de conseguir la victoria.

En el banquillo, los chicos alucinaban y se daban cuenta del ridículo espectáculo de aquella persona que llaman entrenador. Mal hablado, gritón y ganador de ligas, se cree el rey del mambo y da muy mal ejemplo tanto a sus jugadores como a los del equipo contrario.

Amores que matan

Poco antes de que finalizara la primera parte, el técnico pidió un cambio. El jugador que salió del campo lo hizo llorando. Pero no lloraba por ser sustituido, sino porque estaba harto de oír los comentarios de su padre desde las gradas. Padres así destrozan el fútbol. En lugar de disfrutar del partido, se dedican a criticar todo lo que hacen sus hijos en el campo, como si se esperaran de ellos mucho más. Se equivocan y lo único que consiguen con esta actitud es que abandonen muy pronto el fútbol. La presión que les imponen es tan grande que no hay quien la aguante.

Otro partido, otra categoría. Y otra vez los padres en acción. El padre de Pablo se coloca en una zona del campo estratégica y se dedica durante todo el partido a dirigirle mediante gestos, indicándole dónde tiene que colocarse para recibir correctamente el balón: “Más atrás, más rápido, muy bien, a la derecha…”. ¿Pero quién está jugando? Pablo es una simple marioneta del padre, y realmente es éste el que está jugando. Poco margen le deja para pensar, para decidir, para equivocarse. ¿Cuántos niños talentosos se quedan en la mediocridad por tener unos padres así?



En el mismo partido, puede verse a un jugador portentoso, con un potencial físico y técnico fuera de lo normal. Sin embargo, Dani deambula por el campo. Su madre está allí, junto a él. No para durante todo el partido de darle consejos. Es su entrenadora personal. El niño corre y pelea, pero no consigue casi ninguno de sus objetivos pese a ser un jugador excepcional. Está más preocupado de lo que le dice su madre que de lo que le indica el entrenador.

¡Pobre Dani! Se le ve hablando en voz baja consigo mismo, rumiando porque no le salen las cosas tal como su madre le pide. Ya sabe lo que le espera en el camino de vuelta. Ella le recordará cada uno de sus errores. Entrenadora, psicóloga, periodista, política, líder de su pobre hijo. Hay amores que matan…y este es un claro ejemplo.

Absentismo y dejadez

Todo esto ocurrió durante una sola jornada y es suficiente para entender que existe violencia potencial en muchas actuaciones que, en realidad, son evitables. Cuando los medios difunden episodios de violencia, parece que la culpa sólo es de los padres. Pero no es cierto. Todos somos responsables. En primer lugar los clubes, incapaces de marcar el territorio a padres, entrenadores, jugadores…

El presidente del club que permite que sus técnicos griten y amenacen a los jugadores está abriendo las puertas a la violencia. Su absentismo acaba dando luz verde a comportamientos lamentables y peligrosos. Antes de preguntarnos qué hacemos para parar la violencia en el fútbol, tendríamos que preguntarnos qué es lo que dejamos de hacer. La dejadez, la permisividad, la falta de autoridad y la ambición a corto plazo de victorias a toda costa tienen consecuencias graves. No actuar ante situaciones y detalles violentos en nuestra propia casa es sembrar la semilla del odio. Esas pequeñas violencias con el tiempo crecen y se convierten en situaciones dramáticas que ya no tienen remedio. Cuando eso ocurre, ya es tarde para echar la culpa a los padres.

¿Qué pueden hacer los clubes?

  • Preguntarse cuál es la prioridad del equipo. Si la respuesta es “ganar, ganar y ganar”… Tenemos un problema. Y es probable que este problema derive en manifestaciones de violencia. A no ser que se cambien los objetivos del club. Para eso hace falta valor. Hace falta apostar por la formación de los jugadores a través del deporte y no desviarse de esta línea. Teniendo en cuenta que los jugadores bien formados a la larga compiten mejor. Y están mejor preparados para rendir a gran nivel.
  • Marcar a los padres unas líneas de actuación determinadas. El respeto de estas pautas tiene que ser una condición innegociable para poder formar parte de la entidad. Eso no se hace de una vez por todas. Hay que recordar a los padres con frecuencia y paciencia cuáles son los valores del club y controlar que esas líneas rojas nunca se sobrepasen.
  • Dar ejemplo tomándose en serio la formación de los chicos a través del deporte. El comportamiento del presidente y de la directiva, su actitud en los partidos, su comprensión, su capacidad de diálogo…. Todo esto es esencial para ser un auténtico líder y arrastrar a todos en la dirección correcta.
  • Tomar medidas adecuadas para cortar por lo sano cualquier actitud que pueda ser origen de una posible violencia, de tal forma que padres y entrenadores entiendan que esto va en serio y que no se puede bromear con el asunto. No importa lo bien que juegue un niño. Y tampoco importa perder una cuota. Si hay que expulsar a alguien el brazo no tiene que temblar. Hay que ser firmes. Eso sí, siempre con mucho diálogo y buscando el bien del club.

Evitar que se den batallas campales durante un partido de Alevines o Benjamines es posible. Simplemente hay que actuar antes de que sea demasiado tarde. Todo club puede conseguirlo. Depende únicamente de él.

 

 

 

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