Hay jugadores que trabajan bien durante la semana, pero no logran rendir el domingo. A otros les pasa justo lo contrario. ¿Por qué?

“Juega el que mejor está”. ¿Cuántas veces hemos oído esta sentencia en boca de algún entrenador? A medio camino entre una frase hecha y una consigna para motivar a las plantillas, esta expresión sobrentiende que los entrenamientos sirven para medir el estado de forma de un futbolista de cara a la competición. Los que mejor trabajen durante la semana tendrán como premio la titularidad en el campo. ¿Pero es así de verdad? ¿El rendimiento en los entrenamientos siempre es proporcional al rendimiento durante un partido?

“Es una pregunta eterna”, explica Emilio López, actual entrenador de porteros del Shanghai Greenland Shenhua: “Cuando llegué a jugar en el Celta, siempre comentaba que había guardametas que se entrenaban muy bien, pero que a la hora de competir lo pasaban mal. A veces es muy fácil demostrar calidad con 20 personas que te miran, pero lo es menos ante 20.000 personas que te gritan en cuanto cometes un error“.  

Según Emilio, muchos futbolistas no llegan a triunfar precisamente porque los nervios les juegan malas pasadas a la hora de competir: “Ser capaz de hacer un buen partido es lo que al final marca la diferencia, lo que  te permite llegar al fútbol profesional”. En este sentido es clave la “fortaleza mental”, la “madurez” de un jugador, “el poder jugar de la misma manera tanto ante tus amigos como ante una afición exigente”.

Un entrenamiento en la Academia de Alto Rendimiento Marcet.
Un entrenamiento en la Academia de Alto Rendimiento Marcet.

“Entrenamiento y competición son situaciones completamente diferentes, en las que entran en juego variables internas y externas de distinta índole”, explica el psicólogo deportivo Iago López Roel. “En un partido hay un árbitro, un rival, un público, una intensidad de juego a veces más elevada…  La gestión de estas variables por parte de un futbolista influye en su motivación, sus expectativas, su confianza. Y acaba determinando en buena medida su rendimiento”.

La clave para entender lo que ocurre en la cabeza de un futbolista pasa por el concepto de “nivel de activación”, que López Roel define como “la reacción que tiene el organismo ante una determinada situación o ante su interpretación de la misma”. Si un jugador percibe un contexto como excesivamente amenazante, puede que su nivel de activación suba demasiado. “En este caso, un exceso de motivación hace que la concentración baje y el jugador rinda peor”, explica el psicólogo: “Si un futbolista se acostumbra desde pequeño a entrenar estas dinámicas y a saber interpretar y gestionar correctamente sus sensaciones, tendrá muchas más posibilidades de afrontar los partidos con la debida actitud”.

“un futbolista con talento puede entrenarse a medio gas y jugar bien en los partidos, Pero el tiempo le acabará quitando la razon”

Según López Roel, responsable de Psicología Deportiva en la consultoría gallega Amizar, la clave es aprender a concentrarse. “Y eso se entrena. Si tengo pensamientos saboteadores (‘mi rival es demasiado fuerte’, ‘si juego mal el entrenador no me va a poner’…) acabo prestando atención a aspectos que no puedo controlar y dejo de concentrarme en lo que puedo controlar (‘dónde me tengo que colocar’, ‘a quién tengo que pasar la pelota’…). Por eso es importante aplicar estrategias de concentración específicas antes del partido, como puede ser la adopción de determinadas rutinas.

¿Pero qué pasa cuando el problema no es el partido sino el propio entrenamiento? “Hay que diferenciar entre fútbol de élite y fútbol formativo”, apunta Carlos Rivero, director técnico de la Academia de Alto Rendimiento Marcet. “En el primer caso lo que suele ocurrir es una gestión del esfuerzo, y eso ocurre sobre todo con jugadores más experimentados, que tienen una larga trayectoria en este deporte y saben perfectamente como regular sus esfuerzos durante la semana para llegar en condiciones perfectas al partido del domingo”.

Charla técnica al comienzo de una sesión de entrenamiento en Marcet.
Charla técnica al comienzo de una sesión de entrenamiento en Marcet.

Distinto es el caso del fútbol base. No es lo normal que un chico de 16 años no rinda en los entrenamientos y sí lo haga a la hora de competir, pero sí se dan casos de este tipo. Según Rivero, las costumbres de cada jugador pueden explicar este fenómeno: “Algunos  de nuestros alumnos tienen un ritmo de entrenamiento más bajo porque vienen de contextos deportivos y sociales diferentes. No es lo mismo formarse en España que formarse en otro lugar . En este caso, nuestro trabajo es hacerles entender que ningún equipo les fichará si no demuestran calidad y constancia en las sesiones de entrenamiento. Competir bien no siempre es suficiente“.

“Aquí también entra en juego el talento”, añade López Roel. Un jugador muy bueno puede entrenar a medio gas y competir muy bien. Puede permitírselo. Y además es probable que logre afrontar los partidos con una actitud mental correcta, porque se sabe superior. “Pero lo normal es que el tiempo le acabe quitando la razón. Lo demuestran muchos casos de niños que en Alevines o Infantiles son muy buenos, pero cuando llegan a Juveniles ya no destacan. La gran mayoría son jugadores que se han acostumbrado a ganar fácil y nunca han entrenado el esfuerzo y la constancia. A no ser que seas Messi, si no trabajas estos aspectos tarde o temprano los demás no sólo te alcanzan, sino que te superan. Y también en los partidos empezarás a rendir cada vez menos. Porque ganar siempre cuesta, por muy bueno que seas”.

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