Están aislados de sus compañeros, se entrenan aparte, siguen reglas distintas. En muy pocos deportes existen figuras tan extraordinarias como los porteros.

Ser portero no es ser un jugador cualquiera. Los guardametas ocupan la posición más delicada de un equipo. Sus errores tienen consecuencias fatales. En cuestión de segundos pasan de ser espectadores pasivos a protagonistas de un partido. Los porteros visten de forma diferente. Parecen estar aislados, pero son los que más comunican con sus compañeros. Porque tienen otro punto de vista. Encaran los encuentros desde otra perspectiva. Y también se entrenan de forma distinta.

“A nivel físico, los porteros hacen un trabajo de musculación encaminado a cierta hipertrofia”, comenta Rodrigo Revilla, preparador físico de la Fundación Marcet: ” Para un guardameta es importante desarrollar masa para que las articulaciones puedan soportar el estrés que provocan las caídas y los golpes que recibe”. Eso se traduce en ejercicios cortos, de entre 5 y 10 segundos de duración, con tiempos de recuperación más largos.

Para los porteros es fundamental trabajar los reflejos y la velocidad de reacción. “Eso se hace, por ejemplo, a través de la pliometría, un tipo de entrenamiento que consiste en realizar distintos tipos de saltos para activar la contracción rápida y explosiva de los músculos”, explica Revilla. Si los jugadores de campo tienen que entrenar la resistencia, los porteros pueden prescindir de la carga aeróbica, porque no tienen que correr durante 90 minutos. Eso no quiere decir que no se cansen. Pero lo hacen de forma distinta. La tensión que han de aguantar y la concentración que tienen que mantener les pasa factura. Es un cansancio más mental que físico.

Otra diferencia con respecto a sus compañeros de equipo radica en que los cancerberos tienen que poner más énfasis en el tren superior. “Dolor de hombros y bursitis que afectan las articulaciones de los brazos son lesiones muy comunes entre los porteros”, comenta el preparador de la Fundación Marcet, cuya Academia de Porteros tiene claro que la preparación física es fundamental, pero no lo es todo. “Llevamos cuatro décadas de investigación y con el tiempo hemos entendido que hoy por hoy lo que buscan los clubes profesionales son porteros inteligentes”, afirma José Ignacio Marcet, presidente de la entidad que lleva su nombre: “Gracias a especialistas del calibre de Luis Llopis (Real Madrid CF), Tommy N’kono (RCD Espanyol y Selección Nacional de Camerún) o Luis Matos (Benfica) hemos desarrollado una metodología que hace hincapié en la toma de decisiones”.

 

Los cimientos del fútbol

Porque no se trata sólo de técnica. Ni sólo de inteligencia. “Primero están los valores”, asegura Marcet: “Son unos criterios previos que condicionan la percepción de la realidad en general, y por ende la realidad futbolística.  Humildad, honestidad y humanidad abarcan a todos los demás valores y deberían ser los cimientos de cualquier actuación dentro y fuera del campo. Para un portero, por ejemplo, es fundamental conocer sus propias limitaciones. Ser humildes es saber hasta dónde se puede llegar, y esto es imprescindible para obtener resultados en el terreno de juego”.

Unos resultados que han llegado con el tiempo y hoy tienen los nombres de Marcos Ortega Lara y Rubén Paraíso, recién fichados por el Real Madrid CF. O de Edu Frías, que ya se entrena con el primer equipo del RCD Espanyol. Javier Cendón, cancerbero del Villarreal CF. Álvaro Fernández, en el Málaga CF.

O Félix Clapin-Girard, que llegó al Granada CF tras su paso por la Academia de Porteros Marcet. “Creo que empezó a gustarme esa posición por su particularidad. El portero siempre tiene algo distinto con respecto a los demás jugadores, y eso es lo que me ha atraído. Me encanta el hecho de ser el último jugador, el último defensor del equipo”, comenta el canadiense, subrayando otro elemento fundamental en la formación de un guardameta: “En Marcet me han enseñado a sacar lo mejor de mí mismo haciéndome salir de mi zona de confort”. Si acomodarse es un riesgo para cualquier deportista, lo es aún más para un portero, que puede rendir sólo si sabe enfrentarse a situaciones de tensión psicológica muy elevadas. Relajarse es lo peor que le puede pasar. Ponerse nervioso, también.

Ser portero es ser excepcional. Es estar aislado del grupo, tanto durante el partido como en los entrenamientos. Es estar al margen de los premios individuales: sólo un guardameta consiguió ganar el Balón de Oro en sus 57 ediciones (Lev Yashin, en 1963). A fin de cuentas, ser portero es ser anómalo. En muy pocos deportes de equipo existe una figura tan extraordinaria, tan rebelde, tan distinta de todas las demás. Ser portero es hacer único el fútbol.

Compartir